Trabajar en verano

Pasé medio agosto a orillas del lago de Pátzcuaro, en México. El pueblito se llamaba Tzintzuntzan, que significa “lugar de colibríes”. En el antiguo convento, junto a las ruinas de pirámides prehispánicas, nos reuníamos a hablar de historias. De contrabando, fugas veraniegas, burros enamorados, inmigrantes, mineros, adolescentes, timos. Las cristaleras de mi casa daban a un jardín exuberante con estatuas de caracolas y por las tardes, hacia las seis, me sentaba con mis anfitriones a tomar una copa en el mirador sobre el lago. Fue un hermoso taller de guión…
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Malos de película

Lo que cuesta ponerse en la piel del antagonista, o del malo de la peli. Leo, de gente que escribe, que su malo es un paleto mafioso movido por el miedo, cuya provecta edad encima le imposibilita para tomar una decisión lógica y razonable desde su punto de vista y circunstancias, y no digamos ya para experimentar el famoso arco de transformación. Así que el malo debe morir al final para que se haga justicia. Hay veces que un malo de tebeo –digo tebeo porque seguro que en el mundo del cómic, que desconozco totalmente, hay malos sofisticados- le viene muy bien al guionista porque le ahorra trabajo: “¿Por qué tu malo hace esto aquí?” “Porque es un hijo de puta y punto”.
Pero yo creo que un antagonista currado, uno que no justificas pero entiendes, uno que le descubre al héroe algo de sí mismo que no sabía (el antagonista es la encarnación del conflicto interno del protagonista, se dice) es casi siempre mejor en un guión.
Cuanto menos, es muestra de empatía por parte de quien lo ha escrito.

Bendito deadline

Desde hace poco circula por las redes sociales esta charla TED, que describe el cerebro de un procrastinador.
https://www.ted.com/talks/tim_urban_inside_the_mind_of_a_master_procrast...
Si te quieres ahorrar el cuarto de hora, te lo cuento: en cada cerebro procrastinador hay un capitán de barco sensato que sabe hacia dónde debe dirigirse la nave para llegar a buen puerto. Y hay también un mono que quiere divertirse y conseguir una gratificación inmediata. Curiosamente, suele ser el mono el que se hace con el timón, y pone un rumbo divertido. El capitán quiere documentarse sobre poetas medievales. El mono se pregunta qué se hizo aquel donjuan, los compañeros de clase qué se hicieron, y entra en Facebook. Y van pasando las horas, el mono está haciendo el test de qué enanito de Blancanieves eres; y el capitán se lamenta porque el barco está a tomar por saco y les va a pillar el temporal.
El temporal, o la amenaza de temporal –lo que el video llama el monstruo del pánico- es lo único capaz de hacer que el mono suelte el timón. Por ejemplo, y en lo referido a escritores y guionistas, una fecha de entrega. En inglés, deadline. La línea muerta, la línea del muerto, la raya que no debes cruzar porque estás muerto.
Debes conocer a tu mono interior, y saber lo que le asusta. Para algún mono pusilánime el temporal es el deadline de un propósito de Año Nuevo. Algún mono temerario espera a la tormenta perfecta de la amenaza de despido para soltar el timón. Si tú, procrastinador, navegas siempre por aguas tranquilas, igual te da tirar por la borda al capitán porque el mono no va a dejar que ni se acerque. Así que ve hacia aquellos nubarrones en cuanto puedas. Comprométete, oblígate, jura por tus muertos y suelta trapo. Verás como al final el mono se acojona y tú acabas el dichoso guión, o lo que sea que estés escribiendo.

Así es exactamente como pasó en la realidad.

"Las descripciones y los personajes de Turguéniev no apuntan a nada que no sea a sí mismos, no son parte de una serie más amplia de acontecimientos y, así, está por determinar su relación con todo salvo con el tiempo y el espacio, que son la base misma de nuestra experiencia en el mundo. Esta máxima autenticidad, esta proximidad con lo real, se sacrifica en las novelas en favor de la forma en sí, para que sea posible transmitir algo esencial respecto a una relación particular, o respecto a secuencias de acontecimientos, o patrones psicológicos o estructuras sociales".
Es un trozo este artículo de Karl Ove Knausgaard, http://www.theguardian.com/books/2016/feb/26/karl-ove-knausgaard-the-sha... que he leído gracias a @SamuelDalva.
Sin el contexto y con mi traducción, igual no se entiende mucho, pero habla de uno de mis temas preferidos, que es la manipulación a la que hay que someter a lo real para que su sentido sea universal cuando escribimos ficción. De Cuéntalo Bien: "En el mundo muchas cosas parecen ocurrir porque sí. Es difícil encontrarles un sentido sin recurrir a la Fe, porque el único orden evidente es el orden cronológico: primero pasa una cosa, luego otra. En la narrativa, las cosas pasan por algo". Cuando tomamos como base para la ficción algo real, además del tiempo y el espacio ("Esto pasa en este sitio y en este momento determinado") intervienen los porqués. No hay que contar que algo pasa, hay que decir por qué pasa. Generalmente, hay que inventarlo. Hay que conectar causas y efectos y hay que convertir a los personajes en metáforas, hay que ordenar el mundo. Y entonces simplificamos, y entonces, efectivamente, nos alejamos de la complejidad y la incoherencia aparente que tiene el mundo auténtico, que tiene lo real, que es lo que alaba el tal Karl Ove que se puso a escribir su vida sin intentar pulirla ni ordenarla y que al parecer se ha hecho de oro.
Qué complicado es esto, llevo dándole vueltas toda la mañana. Quizá el "Pues así es exactamente como pasó" sea una respuesta válida a una nota de guión. Ay.

Vicios, perezas. Mi bio.

Cuando estudiaba la carrera de periodismo, vi ya en primero que jamás podría ser periodista: si no me enteraba del nombre del rector, de qué me iba a enterar yo de nada para poder contárselo a la gente. La actualidad me importaba poco, y seguirla no se me daba bien. Por eso decidí que tenía que trabajar en algo que disfrutara y me saliera natural, algo que tuviera que ver con mis hobbies. Descartando ser profesional del mus, me quedaba la ficción: me gustaba #1 ver películas y #2 leer. Y en un seminario de producción audiovisual –yo me apuntaba a casi todos los seminarios-, oí que allí en Los Ángeles había gente que vivía de leer películas. Y pensé que eso era lo mío.
Decir que lo conseguí es un poco pretencioso. En realidad, salió: acabé siendo lectora de guiones freelance. Y después de hacer muchísimos informes, el trabajo empezó a incluir un tercer hobby: charlar con gente de la vida y las películas. Más bien, de la vida y de la película que ese alguien quería hacer, para ayudarle con el guión. Preferentemente, con una cerveza sobre la mesa. Mi cuarta afición, y no van en orden de intensidad. Con el tiempo, además, llegaron las invitaciones a dar charlas y talleres, donde se suelen aunar, por lo menos, las aficiones #3 y #4. Mejor aún: llegaban propuestas de otros países, y qué más se le puede pedir a un trabajo si incluye hasta un quinto hobby, que es viajar.
Puede haber guiones que sean un coñazo; desarrollos infernales; talleres sosos. Pero son la excepción. El trabajo de un story editor con suerte es el mejor que se me puede ocurrir porque me permite hacer lo que me apetece. No es que me forre, pero si trabajara en otra cosa y tuviera más dinero me lo gastaría en libros, películas, copas charlando con gente, viajes.
Todo esto lo cuento aquí sobre todo para dar envidia. También para justificarme: la vida me ha tratado tan bien hasta la fecha que no he aprendido a tragar con lo que me da pereza. Para ganarme la vida, me basta con hacer lo que tengo ganas de hacer: entiende que no hay visto esa película; ni sepa quiénes son esos actores; entiende que no vea los Oscars ni me apunte a esa asociación ni acuda a ese sarao, y sobre todo entiende que no me pronuncie sobre temas de actualidad. He llegado hasta aquí, sea donde sea este aquí, huyendo de ella.

Relativismos

Si nadie sabe nada, si nada es verdad o mentira, si para gustos colores, y si encima cada uno tiene delante un cristal de un color, asesorar guiones será cuestión de ayudar al autor a aclararse de cómo lo ve; ayudar a intentar predecir cómo lo verá la gente a la que se destina; saber más o menos cómo se ve con las gafas de cada uno de los gurús; y confesar honestamente cómo lo veo yo con mi cristal delante, llegado el caso. A ver si meto eso en una diapositiva con dibujito para el próximo powerpoint.

Jurados

Resulta difícil escapar al juicio de los números. De viaje, miras los restaurantes mejor calificados en tripadvisor y los alquileres con notas más altas de airbnb; semana a semana hay nuevos numeritos de intención de voto y día a día –aunque ya no se comente- la cosa esa de la prima de riesgo. Y aunque me creo las cifras como todos, al menos en las cosas importantes, como dónde dormir y cenar, prefiero leer los comentarios. Exige, claro, más tiempo.
Como lectora de guión, me ha tocado muchas veces poner un numerito a la trama y otro a los personajes; a la viabilidad comercial y a la trayectoria del director. Siempre me da un poco de repelús, porque dudo de si debería calificar la idea de la trama o cómo se ha plasmado en esa versión; o si haber dirigido varias películas suma puntos en una trayectoria, o debería restar si esas películas fueron un espanto. Por eso, y siempre que no fuera un formulario estándar, yo prefería comentar en vez de puntuar. Aunque exigiera, claro, más tiempo por parte de quien tuviera que leerse el informe.
El otro día, en un jurado de guión, alguien decía que no se puede calificar una historia como un ejercicio de gimnasia. No sé cómo se puntúa a una gimnasta, pero me gustó la idea. Y en vez de cada uno sacar un cartelito con un número, sentarse a hablar: “Se ha enredado con la cinta, pero qué gracilidad al desenredarse”; “Se ha caído de morros contra el suelo, pero es que el ejercicio era el más ambicioso, y al menos lo intentó”. En nuestro caso no era, afortunadamente, uno de esos jurados en los que rellenas un formulario y lo mandas online, sino que te sientas a una mesa bastante grande y charlas, con la tarde por delante, y protestas a veces, insistes, y a veces intentas pactar. Es buena la discusión entre gente sensata y con buenas intenciones, entre gente dispuesta a razonar, a ver las cosas desde otro punto de vista, a cambiar de opinión.
La aritmética ahorra tiempo, pero no creo, como dicen, que sea más transparente ni más justa. Quizá un parlamento moderno y democrático tenga que funcionar así, por la simplicidad incontestable del número. Pero no las cosas importantes como, por ejemplo, un guión.

Buenos propósitos para septiembre

Ha llegado septiembre, como quien no quiere la cosa. Otra oportunidad para hacer propósitos de curso nuevo, ya que los de año nuevo se quedaron ahí atrás, en la cuneta. Si los propósitos fueran como un perro, me sentiría culpable por haberlo abandonado. Pero yo me los tomo, más bien, como esos deseos de estrella fugaz, de tarta de cumpleaños o de hoguera de San Juan. O sea, que no me los creo mucho pero me hacen ilusión.
Entre mis propósitos laborales de curso nuevo están los de siempre –escribir más en este blog; apuntar cuánto tiempo dedico a cada proyecto; trabajar sentada frente al ordenador en vez de con el portátil en la cama- pero también dos nuevos: analizar menos guiones, y analizar menos los guiones.
Lo primero no requiere de muchas explicaciones: creo que tendría que aprender a decir que no –ese suspenso permanente del freelance- y tener más tiempo libre. Lo segundo: cada vez más me da por pensar que el que una historia cuadre, que su trama sea lógica hasta el último detalle, que la idea de fondo sea coherente, significativa y verdadera, que cada personaje reaccione siempre según su carácter y circunstancias, etcétera, no tiene tanto peso en el resultado final de una película como las perlas sueltas: el momentazo de emoción, el gag hilarante, el diálogo que recuerdas, la imagen impactante que sólo es una línea del guión y que hace que merezcan la pena las noventa páginas restantes.
Es todo un reto, porque me asedia el por qué mas de lo que me brota el y si, pero tal vez el esfuerzo y la energía que inviertes en no hacer trampas estarían mejor empleados buscando la trampa que mole. Y, ya que no pienso esforzarme demasiado en cumplir estos propósitos, por qué no pedírselos a la estrella, a la velita, a la hoguera de San Juan.

Qué quiere el público.

Si estás escribiendo un guión, deberías preguntarte en cada secuencia de qué está pendiente el público en ese momento: qué quiere averiguar, qué quiere que pase. Haz el esfuerzo de ponerte en su lugar. Presuponer que estarán sentados frente a la pantalla ansiosos por saber, en general, qué pasa luego, o qué otros matices de tu visión del mundo vas a compartir con ellos, o qué otra peripecia ha podido parir tu fértil imaginación, es tan arrogante como ingenuo. No digo que tengas que satisfacer sus expectativas: digo que tienes que tenerlas en cuenta... y procurar, al menos, que tengan alguna.

Hablar de mi libro

Seguro que tus amigos, como los míos, hacen cortos, publican libros, escriben obras de microteatro o tienen siempre algún proyecto en las páginas de crowdfunding. Seguro que te has acostumbrado a encontrar tu correo y las redes sociales de información de lo que estén vendiendo en ese momento. Bueno, pues yo sigo vendiendo Cuéntalo bien. Y, agradecidísima a Javier Meléndez, aprovecho su artículo para actualizar este blog.

Cuéntalo bien: el libro sobre el arte de contar bien las historias
Por Javier Meléndez Martín

Cuentachistes, cuentacuentos, aspirante a escritor, aprendiz de guionista, deberías leer Cuéntalo bien, libro de Ana Sanz-Magallón sobre el arte de contar historias (Plot Ediciones, 2007). Escrito con inteligencia por una de las pocas analistas de guion españolas reconocidas fuera de nuestro país.

La autora escribe que «no da fórmulas para narrar [...], no enseña cómo contar buenas historias; ayuda a comprenderlas. Comprendiéndolas es más fácil que puedas contarlas bien si tienes ganas, tiempo y talento». Un propósito que cumple con un estilo sencillo y cercano.

En Cuéntalo bien no hay fragmentos de guiones de Bergman como en los manuales de guion ni párrafos de Faulkner como en los de novela. Bellos fragmentos que pierden fuerza sacados de contexto y que pertenecen a obras que los lectores más jóvenes o menos instruidos desconocen.

La autora ilustra con fragmentos de sueños, relatos contados por niños, leyendas urbanas o historias de cuñados con una copa en la mano, como esta:

«Una noche —escribe Ana Sanz-Magallón— mi amigo Ramón salió de copas por Madrid. Conducía de vuelta hacia su casa bastante borracho, cuando le paró la Guardia Civil en un control de alcoholemia […]»

¿Quién no quiere saber el final de este relato?

Ana Sanz-Magallón explica que incluso las historias más breves se construyen con los mismos principios que las películas y novelas más complejas. De manera que Cuéntalo bien es un libro utilísimo porque sitúa a todos los lectores en el mismo punto de partida. ¿Quién no tiene un amigo que es un maestro de los chistes o anécdotas o un cuñado que las destroza? [En toda pareja hay quién dice: «Cuéntalo tú, que lo haces mejor»].

EL SENTIDO COMÚN

La primera lección: «las historias es, como casi todo, cuestión de sentido común». Por esto, la literatura oral (y contemporánea) que usa Sanz-Magallón nos ayuda a comprender mejor cómo se aplica el sentido común. La autora añade elementos a las historias orales, cambia el orden de las frases o elimina párrafos para mostrar cómo una buena historia acaba degenerando.

La autora nos recuerda cómo retener información, ocultarla, diseminarla, cómo y cuándo anticipar elementos. Y mientras lo hace, introduce como de pasada los nombres técnicos de narrativa que seguramente calan en los lectores que los desconocen. De esta manera, hace gala de la sencillez que sugiere para captar e incluso cautivar al público.

Historias sencillas, pero con mensaje (sin que por ello sea moralizante). Como escribe Ana Sanz-Magallón:

«Las historias, salvo excepciones, no suelen tener como finalidad transmitir un mensaje. Pero todas las historias, sin excepción, transmiten un mensaje».

HISTORIAS CON PROTAGONISTAS RESPONSABLES DE SUS ACTOS

Historia con protagonistas de carne y hueso [por esto las leyendas urbanas que mejor funcionan empiezan por «esto me pasó a mi» o «le pasó a un amigo»]. Además, han de ser «protagonistas responsables de lo que ocurre», escribe Ana Sanz-Magallón. Por esto es perfecta la historia de Ramón: pasó la noche de copas: es responsable de los incidentes absurdos tras coger el coche. Un personaje que no lo tiene fácil porque queremos que los personajes pasen dificultades, escribe la autora. (Esto explicaría que nos emocione más la historia de un padre que quiere rescatar a su hija de unos proxenetas que la historia de un grupo de superhéroes prácticamente invulnerable).

LA ORIGINALIDAD

Historias que no necesariamente deben ser demasiado originales. La autora de Cuéntalo bien usa la metáfora del turista organizado (cada minuto programado) y el turista desorganizado (¡a la aventura!). Ana Sanz-Magallón dice preferir el «término medio» y considera que la mayoría de los espectadores también. Escribe:

«Una buena historia sigue un cauce más o menos previsto, pero debe haber espacio para la improvisación».

Añado que incluso el autodenominado cine de autor sigue un cauce previsto. ¿Por qué si no reconocemos el cine de tal o cual autor?

En cualquier caso las historias deben contribuir a entender el mundo. Esta necesidad de comprender nos acerca —escribe la autora— a la religión o a la ciencia o al lenguaje simplista de los políticos.

Pero la autora deja claro que una narración sencilla no tiene por qué tratar simples. (Los diálogos socráticos son muy fáciles de leer, por ejemplo). Sanz-Magallón cree necesario que en toda historia compleja (como las novelas o las películas) el autor exponga la tesis y la antítesis. Quien no lo hace así, «juega sucio […] y sus historias solo interesarán a quienes ya piensan como el autor.

LAS PALABRAS DE GOLDMAN Y EL SENTIDO COMÚN

En el último capítulo de Cuéntalo bien se recuerda las palabras del guionista William Goldman (La princesa prometida, Todos los hombres del presidente):

«Nadie sabe nada. Es imposible predecir qué película o novela gustará al gran público». En lenguaje castizo «hay gente para todo», como escribe la autora. Sin embargo, el sentido común puede orientar al autor para contar la mejor de las historias.

Por todo esto, Cuéntalo bien es un libro que recomiendo. Es una guía para quiénes empiezan a escribir guiones o novelas, o quieren mejorar sus presentaciones en público o contar mejor las anécdotas propias y ajenas. Para los que llevan ya tiempo escribiendo de manera profesional, Ana Sanz-Magallón deja varias reflexiones que no debemos olvidar.

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